Sobre la práctica cotidiana de la razón o de como no ser un zombi en la pandemia

En el presente escrito quisiera ejercitar una frágil posición ética y política pensada desde y para esa la línea de fuego que ha venido siendo la cotidianidad en un mundo sumergido en la pandemia.
Si bien las situaciones desde las que  cada uno de nosotros hemos tenido que enfrentar la pandemia han sido muy diversas, y no cabe polarizar ni generalizar los escenarios, también pienso que es importante no aletargarnos y ubicar puntos específicos en los que un criterio ciudadano pueda apoyarse para orientar su conducta en esta delicada situación. Para abonar un poco a esta convicción, a continuación intentaré ofrecer tres razonamientos en los que he procurado centrar mi «atención» para no adormilarme en esta danza de zombis que ha venido siendo la cotidianidad en la pandemia.

 

Como en toda crisis, lo primero es el reconocimiento: El coronavirus sí existe.
COVID-19

Si bien la evidencia científica respecto a la existencia del virus es contundente, los factores que han favorecido las «ideologías negacionistas» (todas aquellas que sostienen que el coronavirus no existe, o que no es como las fuentes de información pública nos dicen o que simplemente se trata de una conspiración internacional o interespacial) y las «prácticas negacionistas» (todas aquellas que afirman que el virus no existe y de hecho se comportan como tal o,  que afirman que el virus existe, pero se comportan como si no existiera) no sólo responden a problemas de verificación científica. Ha sido ampliamente documentado que esta «reacción de negación» también responde a un síndrome que se ha calificado de “adormecimiento psíquico”. “Una suerte de respuesta adaptativa en la que se pierde advertencia de la amenaza real. Se asocia al síndrome de estrés postraumático y ofrece una dimensión psicosocial alternativa del fenómeno que hemos vivido”. Aunado a esto, yo mismo he propuesto en otro lugar que las posibilidades de que el negacionismo sea una respuesta recurrente en ciertos sectores de la población también puede deberse a lo que llamo «sesgos cosmovisuales»: en un lugar donde el sentido inmanente de la realidad está articulado por el concepto de «crecimiento económico», una alteración «decreciente» o de rotundo «impasse global» simplemente exige herramientas conceptuales que muchas personas no han podido desarrollar oportunamente y les ha dejado en franca desventaja de adaptación intelectual al nuevo marco conceptual. Pensemos que para el beneficiario de esta estructura de crecimiento económico (clases altas y élites), «crecer» es una condición dada; por su parte, para los damnificados (clases bajas y ascensionales) «crecer» es un “deber ser”; en cualquiera de los casos, para ambos se trata de una estructura dada y diría incluso una naturaleza presupuesta; como que del grifo salga agua o del manzano manzanas.

Así pues, si piensas que la COVID-19 no existe o no es lo que médicos, científicos y medios confiables (prensa seria y especializada) nos dicen, no es resultado de tu inusitada penetración intelectual de la realidad o de una insospechada adquisición de saberes cuasi-gnósticos o herméticos, sólo al alcance de algunos indicados (de los que raramente estás formando parte y que, por ende, eso mismo ya hace a este hecho algo digno de sospecha), sino de un posible traumatismo psíquico o considerables problemas de comprensión. En el caso de lo primero, es importante que te atiendas con un profesional, en el caso de lo segundo, leer pausadamente, discriminando fuentes y con un buen diccionario a la mano, seguro te ayudará.

Con todo, y esto es muy importante: el hecho de que tengamos muy claro el status quaestionis del problema no nos exime de fallar en el intento de ajustar nuestra conducta a lo comprendido; por ello tampoco nos expide licencia para discriminar o marginar a otras personas que están teniendo complicaciones para llevar a cabo las modificaciones pertinentes en su vida; adecuar nuestra conducta a esta realidad de pandemia es en sí mismo un trabajo que requiere práctica y constancia. Lo mejor siempre será acompañarnos en tolerancia y apoyo mutuo en el camino.

 

El espacio público es el espacio y la oportunidad de la razón
Paulo pregonando en el areópago
«Paulo pregonando en el areópago», de James Thornhill, 1675. Intervención digital de Arte Revista CULT

Un comentario reiterado al final de cualquier intercambio de opiniones que discurran sobre la pandemia es: …“pues sí, pero las cosas deben seguir”, expresión contundente que sueña con ser concluyente; pero que a cambio es inocente y no porque el deseo que representa sea cuestionable, sino porque, de hecho, debería ser evidente. Que las cosas busquen mantenerse en su ser como tendencia inherente a ellas mismas es algo que ya las filosofías antiguas nos ha indicado suficientemente. Pretender concluir una charla con un “pues sí, pero las cosas deben seguir”, es muy parecido a concluir diciendo: “pues sí, pero debemos seguir respirando” o “pues sí, pero debemos seguir haciendo la digestión”. Son expresiones que raramente aportan sentido a una platica y que, más bien, manifiestan tímidamente el escaso interés por pensar y dialogar un tema.  Por el contrario, porque sabemos que las cosas seguirán (si no se atraviesa antes nuestra muerte, claro está), es indispensable hablar, pensar y discutir al respecto de ellas para saber cómo hacernos cargo.  La referencia fundamental a este respecto es la democracia griega, que si bien no es idéntica a nuestras democracias, sí contiene una idea no sólo valiosa sino urgente para nuestra situación actual: la del «espacio público como espacio para la razón». Para los antiguos griegos la plaza pública era el lugar de la razón, porque ahí no se atendía lo concerniente a los deseos personales y el humor de cada uno; sino lo que interesaba a la comunidad, lo común (koinón); por ello también era el lugar propio de la filosofía, disciplina que, entre varias facultades, Aristóteles le asignó la de mediar el deseo y la racionalidad al interior de cada ser humano. Como dice Gonzáles Serrano:

La política, entendida en el sentido griego, es lo que permite que el ser humano alcance, precisamente, su humanidad, su condición más propia: somos animales sociales y políticos porque en la ciudad se gana el espacio donde las palabras y las acciones se dan cita acompañadas de racionalidad. Cuando el logos, la palabra racional, desaparece del escenario público, aparece, entonces, la barbarie, sea ésta económica, tecnocráctica o tecnológica, en el caso de nuestros días.[3]          

Evitar tomar una posición clara frente a otros (“sí, pienso esto”, “no estoy de acuerdo”, “haré lo que dices”, “no me retractaré”…) obstruye ese saludable proceso donde la discusión, la aprobación o el duro sentimiento de ser cuestionado nos orientan en nuestra práctica y pensamiento cotidianos, sin contar que nos da forma y visibilidad en el espacio público.

Así pues, si tu participación en la vida pública se va en “frases hechas”, tautologías, memes, discusiones ofensivas por redes sociales o repost de la opinión de terceros, es muy probable que tengas muchos likes, pero tu forma y peso específico como ciudadano quizá sea bastante ambiguo.

 

El respeto al proyecto personal de cada uno es una máxima finita que termina en el otro
Imágenes del artista Guayasamín, tomadas del portal de la Universidad Católica de Chile

Si hay una máxima que ha taladrado de lado a lado el imaginario moral del occidente capitalista es la de: “yo soy libre de hacer lo que quiera”, ¡y cómo no!, el manejable minimalismo de este precepto lo hace asequible para casi cualquier pensante, y también cualquier deseante; aunque la posibilidad de su materialización sea el resultado de una larga evolución democrática e institucional en la historia humana. Pese a todo, es, como decía, una directriz en nuestra cultura; yo le llamo: el «gen libertario» de nuestra generación, ya que su constitución deriva del precepto ético fundamental de esta filosofía política que Alberto Benegas Lynch define como “el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros[4], que dicho así, parecería la expedición de una suerte de licencia de libertad all inclusive o, en su defecto, el tiro de gracia a todo límite posible en la experiencia cotidiana (depende desde dónde se lea); sin embargo, analizado con cautela, este precepto opera con un mecanismo de ética negativa sumamente funcional, pero sujeto a un amplio criterio: Entender que si exijo un respeto irrestricto a mi proyecto personal de vida, sólo puedo llevarlo a cabo hasta los límites donde comienza el derecho personal de un tercero a su propio proyecto de vida. Esto, que dicho así lo podría memorizar hasta un perico, requiere, nuevamente, la constante vigilancia de nuestra razón sobre nuestros deseos, pues, instalados a solas en la habitación de nuestras prioridades, el deseo siempre se desbocará, ciego, sobre su apetito, aún a costa de terceros. Lo hemos visto en esta pandemia: muchas empresas y consumidores han pretendido seguir con sus actividades económicas como si el acto de “abrir/consumir” sin atención a las medidas sanitarias fuera un una situación costeada a riesgo propio. Es necesario entender que si hay algo que resulta de pertinencia social es lo viral. Nos vincula con los otros de una manera invisible y más allá de lo que quisiéramos, al grado de cuestionar nuestros hábitos más íntimos y normalizados: desde cómo interactuamos física y socialmente con los demás hasta ¡cómo nos tocamos! La comunidad es el territorio y la condición de posibilidad del contagio, por ello no cabe ningún tipo de ética individualista.

Así pues, si crees que seguir con tus actividades manteniendo un apego laxo o nulo a las exigencias de la situación por la que ahora pasamos todos es una práctica libertaria, de libre mercado, o de emprendimiento de oportunidad; debes saber que no es así, a lo mucho quizá sólo se trate de las secuelas de una racionalidad tullida que convendría ejercitar más.

Así pues, desde el solipsismo de los negacionistas, pasando por las tautologías, memes y frases hechas de los procastinadores del diálogo y hasta los libertarios de ocasión, es posible detectar entre toda esta fauna una circunstancia común: la perdida de la atención entendida como vigilancia constante de la razón. A esto he querido referirme con la evocación del término «zombi» en el título del escrito. En sentido estricto, un zombi es un difunto resucitado por las artes mágicas de los hechiceros haitianos que se caracterizaba por adolecer de toda voluntad (quedaban esclavizados a la voluntad del hechicero). Bajar la guardia de la vigilancia racional es lo más parecido a convertirse en un zombi porque el individuo termina socavado en su disposición de sí ante la inercia ciega de sus deseos, humores, inercias sociales y culturales. Si bien es improbable, y hasta inconveniente, que estas fuerzas inerciales dejen de operar en nuestra vida, es indispensable que lo hagan de un modo tal que no sofoquen aquello de nosotros que es trascendente a esa misma inercia; una de esas trascendencias es la comunidad.

Con todo, también hay que reconocer que esta es una tarea que se ofrece compleja, ya a la base, para las personas de nuestra generación. Pensemos que, provenientes de un mundo tan dado por hecho en la inmanencia de sus imaginarios culturales e institucionales (la economía crece, el trending topic caduca al tercer día, del cajero sale dinero…) un escenario en el que debemos mantenernos razonando hasta la forma de cómo vamos a saludar a alguien o de cómo vamos a coger nuestro móvil ¡es simplemente extenuante!. La vida práctica del occidente hipertecnologizado e hiperinstitucionalizado no es un lugar donde el pensamiento dure más que un “2+2=4, lo compro”, “sí quiero”, “no puedo”… ¡y a seguir con la vida![5]. Sin embargo, es importante despertar de ese “sueño de inmanencia” que fue la vida humana en occidente (Europa como occidente geográfico y Latinoamérica como occidente cultural) durante el bonancible tiempo sin guerras que ha transcurrido desde los años ochenta (que ahora llamamos “normalidad”) y caer en cuenta que de hecho esta incertidumbre ha sido la trama propia de la vida humana a lo largo de toda su historia. Las bondades de un sistema económico como el liberal nos han permitido prescindir del flagelo de ciertos sin sabores que siempre han caracterizado la vida humana, pero es imposible que pueda hacerlo respecto a todo mal y por un tiempo indefinido, ¡debemos reaccionar!

Quizá por ello, en lo que va de la pandemia, y desde ya bastante tiempo atrás, siempre he procurado no dejar de orientar mi mirada a las mejores mentes del pasado pues, ya medianamente desengañado de ese “ensueño de inmanencia” del que les vengo hablado, suelo pensar que el horizonte de reflexión desde el que esas mentes pensaron se podría parecer más al escenario que todos afrontamos cuando se nos caduca la “normalidad”. Releer a Homero (particularmente la Ilíada), a los trágicos griegos, a los maestros estoicos, a poetas romanos como Horacio o Juvenal, me han resultado suplementos espirituales invaluables para fortalecer no sólo mi resiliencia, sino mi conciencia de libertad. Esto y mantenerme pensando, vigilante y dialogante, han sido las acciones con las que de menos he podido plantar cara a mis responsabilidades y mi prójimo (mis próximos) en estos complicados tiempos de pandemia. Las comparto en este escrito por si a alguien resultaran de utilidad.

 

[3] https://elvuelodelalechuza.com/2019/03/24/de-la-necesidad-de-recuperar-los-espacios-publicos-como-espacios-para-la-filosofia/?fbclid=IwAR04DuPdGVAryIyk0KGUtNQKkV55l6fsb_qoX_NtARaA6NIpCi_xwqW2Qv4

[4] https://www.youtube.com/watch?v=51S2ZHnrhY0&t=84s

[5] En esto los que ejercitan el pensamiento filosófico o prácticas espirituales como la meditación quizá tengan una ventaja: si consideramos que «filósofo» (φιλόσοφος) es el amante de la sabiduría, el que la anhela, el que la busca; entonces el mantenerse pensando y cuestionando es en ellos un habitus, quizá penoso pero aceptado; tanto como la “atención plena” que desarrolla el yogui en su labor meditativa. En esta materia, ellos son lo más parecido un atleta de alto rendimiento.

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