Verdadera-miente.

Uan breve reflexión sobre la dimensión moral de la mentira.

#EmancipaciónVincular

Si la mentira no suele tener un valor moral, quizá sea porque la verdad está sobrevalorada.
Cuando hablas con las personas de lo que quieren de otras personas (en especial de sus parejas) uno de los requisitos más urgentes es “que les digan siempre la verdad”; pero dudo que sepan lo que piden. Para ser honesto, cuando escucho decir esto a la gente, pienso, más bien, que por verdad están entendiendo un enunciado civilizado y manejable que hará evidente su siguiente elección; es decir, la están pensando en términos terapéuticos, y quizá hasta analgésicos, pero esa no es la función de la verdad. La verdad transita por los senderos del sentido y en cuanto tal es siempre sujeto de interpretación.
Así pues, la misma razón que desaconseja tomar el celular de tu pareja para fisgonear en sus conversaciones con otras personas es la misma que desaconseja que le cuentes todo de tu vida: hay dimensiones de la experiencia personal que, en cuanto tal, los otros jamás tendrán perspectiva para poder entenderla desde tu propia experiencia de verdad. A esto y no a otra cosa se refiere el tan mentado dicho que versa: “el que busca encuentra” y también por esto el trovador de Úbeda canta: “que ciertos engaños son narcóticos para el mal de amor”.
Con todo, este asunto no puede ser tan fácil como relativizar el imperativo categórico moral de la verdad en favor de una apología de las mentiras piadosas; tiene que existir un criterio que otorgue a la práctica de la mentira un sentido moral suficiente y me parece que el filósofo inglés Jeremy Bentham nos ofrece una solución por lo menos sugerente:
Muy a disgusto de la utopía moral kantiana del imperativo categórico, la teoría ética de Jeremy Bentham nos sugiere que, más que decir la verdad a toda costa, la máxima moral que debería guiar nuestra conducta es algo tan simple como: «no hacer daño» o, dicho en clave epicúrea, disminuir el dolor y procurar el placer.
Un caso que podría resultar provocativo a este respecto es el de ciertas infidelidades que, dada su aislada y fortuita circunstancia, el no confesarlas sería igual a olvidarlas.
¿Qué es lo mejor en estos casos? ¿confesar y decir que te encamaste con otra persona una noche, sólo por que el deber de la verdad te lo exige, o guardar discreto silencio y evitar un malestar innecesario y efectivo a tu pareja?
¿En estos casos, qué es lo que realmente daña el vínculo de la relación a espaldas de la cual se desarrolla la infidelidad, el hecho mismo de la infidelidad o la conciencia efectiva de la misma?
Sin duda, preguntas todas inquietantes y retadoras por no garantizar nunca que la persona que seremos en tales circunstancias será la que omite y no la que es engañada; pero, dejando atrás las proyecciones, si pudieramos conceder algo de incómoda verdad a los planteamientos que deribamos de la teoría ética de Bentham, entonces también cabría aceptar que en ciertos marcos morales de acción, la omisión y la discreción son efectivos gestos de cuidado y atención al otro, aún cuando circulen por el carril de la mentira.
Con todo, estas reflexiones no aspiran a legarnos un conocimiento manualístico o de receta: así como hay escenarios en los que una ética del imperativo categórico a lo kantiano parece no funcionar; también hay escenarios donde el utilitarismo ético de Bentham tampoco parece alcanzar.
¿Qué tanto queda, entocnes, tras estas torciones del criterio moral habitual?  
No mucho, quizá sólo lo que siempre queda una vez rebasada la robusta línea del pensamiento mínimo: amar a la pregunta con, sin y a pesar de la respuesta misma; no sólo porque estas interrogantes se mueve al borde del dilema ético, sino porque ya el sólo hecho de detenernos a preguntar por las posibilidades para no hacer daño a nuestros próximos, aun cuando esa pregunta nos lleve a respuestas más allá del statu quo aceptado, es una gran victoria.
eme tomado de Facebook

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