De Septiembre a Septiembre: elementos para un cuestionamiento crítico de “lo mexicano” después de la pandemia.

 

Por entre los escombros del terremoto del 19 de septiembre de 1985, y por entre la banal insuficiencia de las instituciones políticas mexicanas, nuestro Carlos Monsiváis alcanzó a vislumbrar el nacimiento, al parecer espontáneo, de la «sociedad civil»; brote de solidaridad y autonomía cívica en el corazón de una ciudadanía atrapada no sólo entre los escombros de los edificios, sino del peso muerto del autoritarismo priista.

Decía el cronista mexicano en su “No sin nosotros. Los días del terremoto, 1985-2005”:

Ante la ineficacia notable del gobierno de Miguel de la Madrid, paralizado por la tragedia, y ante el miedo de la burocracia, enemiga de las acciones espontáneas, el conjunto de sociedades de la capital se organiza con celeridad, destreza y enjundia multiclasista, y a lo largo de dos semanas un millón de personas (aproximadamente) se afana en la creación del albergues, el aprovisionamiento de víveres y de ropa, la colecta de dinero, localización de personas, el rescate de muertos y de atrapados entre los escombros, la organización del tránsito, la atención psicológica, la prevención de epidemias, el desalojo de las pirámides de cascajo, la demolición de ruinas que representan un peligro […] Sin andamiaje teórico, lo que surge en los días del terremoto desprende su concepción ideológica de lo ya conocido, de lo que no sabía que sabía, de las intuiciones como formas de resistencia, del agotamiento de las asambleas, de las vivencias del dolor y, muy especialmente, de lo inconfiable que resulta el depender de las autoridades.[1]

Fuimos herederos de la contundente voz que, de la boca de un taxista o en una charla dominical con nuestros padres, llevó a nosotros el relato sobre lo ocurrido en aquellos días aciagos. No sabíamos, entonces, que también un 19 de septiembre, pero de 2017, el temblor de la tierra nos llamaría a incorporarnos, nuevamente, en esa autónoma «sociedad civil». Si bien muchos acudimos, también es importante reconocer que mucho de lo que en el ’85 fue espontaneidad y autogestión, en 2017 se experimentó más como reivindicación y obediencia al precedente legado por aquella generación; pero con todo, llegamos y nos dispusimos. Ahora que la pandemia de la COVID-19 nos ha llamado nuevamente a la coordinación solidaria y autónoma, la respuesta ha sido pobre; o más precisamente la que hacía falta para agudizar el pánico y la desinformación ya que la gente, cuando no se entregó a la divulgación de noticias mal fundamentadas y sensacionalistas, se dejó envolver por las querellas partidistas del gobierno y los grupos opositores, agregando división en donde urgía organización.

¿Por qué?
1985/2017
Fotos de los sismos de 1985 (izquierda) y 2017 (derecha) Imagen tomada de: http://www.mipuntodevista.com.mx/establecen-que-el-19-de-septiembre-se-conmemoren-los-sismos-de-1985-y-2017/

Quizá porque, a diferencia de la monumental sintomatología de un terremoto, la pandemia no sólo se presentó como un enemigo invisible, sino aparentemente “insospechable”. Aun cuando tenemos antecedentes de pandemias ya desde el 430 a.C con la peste de Atenas, de la cual nos dieron noticia autores como Tucídides o Lucrecio, algo de nuestra forma de comprender el mundo nos permitió expedir una arbitraria licencia para jubilar de nuestro destino a las pandemias como si fueran “cosa del pasado”, al grado que, ahora que se nos presentó una, no hemos demorado en reiterar lo “inesperado” de la situación como si de un fenómeno de ultratumba se tratara; pero cuando revisamos con un poco más de detenimiento (pues realmente falta sólo un “poco”), caemos en cuenta que no fue así del todo.

Si nos documentamos un poco, decía, podemos percatarnos que ya desde Octubre de 2007, los investigadores Vincent C. C. Cheng, Susanna K. P. Lau, Patrick C. Y. y  Woo y Kwok Yung Yuen, de la Universidad de Hong Kong, advertían en su artículo científico titulado «Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus as an Agent of Emerging and Reemerging Infection«, publicado en la revista CLINICAL MICROBIOLOGY REVIEWS, que

“La presencia de un gran reservorio de virus similares al SARS-CoV en los murciélagos de herradura, junto con la cultura de comer mamíferos exóticos del sur de China, es una bomba de relojería. La posibilidad del resurgimiento del SARS causado por otros nuevos virus de animales no debe ser pasada por alto, por lo tanto, es una necesidad estar preparados.»[2]

Así mismo, en 2008 la oficina de anticipación geopolítica de la CIA publicó un informe titulado « Global Trends 2025 : A Transformed World» donde advertían para antes de 2025

la aparición de una enfermedad respiratoria humana nueva, altamente transmisible y virulenta para la cual no existen contramedidas adecuadas, y que se podría convertir en una pandemia global. […] la aparición de una enfermedad pandémica depende de la mutación o del reordenamiento genético de cepas de enfermedades que circulan actualmente, o de la aparición de un nuevo patógeno en el ser humano que podría ser una cepa de influenza aviar altamente patógena como el H5N1, u otros patógenos, como el SARS coronavirus, que también tienen este potencial. »[3]

También en 2019, poco antes del inicio de la actual pandemia, la OMS emitió una advertencia contundente:

Nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5% de la economía mundial. Una pandemia mundial de esa escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad e inseguridad generalizadas. El mundo no está preparado.[4]

Sin contar los invaluables vaticinios de autores de ciencia ficción como  Stephen King, Cormac McCarthy o el cineasta Steven Soderbergh (Contagio, 2011), ni los meses de antelación  con los que la pandemia aconteció en China, Italia y España permiten que, stricto sensu, podamos hablar de un suceso “insospechable” y ya ni siquiera sin “precedentes”. No perdamos de vista que de 2003 a 2018 países asiáticos como Corea del Sur, China, Taiwán, Hong Kong, Vietnam, Singapur y varios más vienen combatiendo el SARS y el MERS, pandemias ambas causadas por coronavirus[5]

Tomado de: https://tenor.com/es/ver/coronavirus-pandemic-virus-germs-gif-16660839

Así pues, decía,  el ingenuo escepticismo con el que tratamos al SRS-CoV-2 desde un inicio no puede ser sólo resultado de una “excepcional” realidad, sino de un sesgo perceptual desde el que estamos leyendo la realidad y que podría tener mucho que ver con el perfil ideológico de nuestra cultura.

Para hacer visibles esto quisiera seguir con el comparativo de la reacción ciudadana en las catástrofes sísmicas de los meses de septiembre de 1985 y 2017 y lo acontecido con la COVID-19. Diría que si ante los sismos la población salió inmediatamente a ayudar en las zonas de desastre, no sólo fue por la incuestionable evidencia con la que se impuso la urgencia, sino porque el perfil o tipo de acción solidaria que demandó el sismo ajustaba de manera más inmediata al tipo cultural del mexicano (y lo digo con plena conciencia de que esta es una hipótesis parcial que no pretende restar mérito a la solidaridad ciudadana de entonces), muy al contrario de lo que nos está exigiendo la COVID-19 y que está resultando demasiado adverso al andamiaje de hábitos y creencias con las que solemos hacer frente a nuestro día a día. Pensemos que, acostumbrados a la sobrepoblación, al hacinamiento público en el transporte y a veces hasta en el hogar; a las inconmensurables jornadas laborales , a la realización de nuestras propias talachas, de nuestras propias chambas de albañilería, de nuestras propias mudanzas… los mexicanos encontramos perfectamente vencibles (que no digo gustosas ni fáciles) exigencias físicas del tipo: acarrear escombros, desvelarnos en albergues, arremolinarnarnos y abrirnos paso entre multitudes; organizar rápidos y a gritos el tránsito… Somos personas del tumulto, del tianguis, de la calle, del compromiso en el escaso recurso, de la atención del herido sin mediación de las instituciones de salud, por eso el olor a sangre nunca nos es nuevo, el polvo nunca no es demasiado sucio, la carga nunca nos resulta demasiado pesada; así pues, los rigores que impuso el sismo se ofrecieron remotamente familiares y solidariamente aceptables; pero esta vez, en 2020, se trató de otra cosa, una nueva amenaza que, como a contra corriente de nuestro espíritu, nos orilló a todos esos lugares de los que el andamiaje de nuestra cultura cotidiana parecía querer resguardarnos: mantenernos en casa, en su silencio, en su inmovilidad, lejos de la calle atestada de gente y sus ruidos que salvan siempre a uno de uno mismo; a conocer, como no quisimos hacer antes de la boda, a las personas que juramos amar “hasta que la muerte nos separe”, a sentarnos y concentrarnos para leer, para informarnos; a pensar lo que leíamos, a cotejarlo, a no buscar el estímulo amarillista y regalón del “misterio” y la “conspiración”, a no ceder a la episteme del «paternalismo político» que hace del Estado el «culpable» y el «salvador» de nuestras tragedias a un mismo tiempo, y que nuestros adultos nos heredaron como una anémica “actitud crítica”; a no ceder al like; a pensar antes de escribir, a comprometernos antes de criticar, a disciplinarnos; a dejar de creer que comer con las manos sucias y en cualquier puesto de la calle es celebrable sólo porque nos preceden generaciones igual de insalubres; a dejar de romantizar la obesidad como si se tratara de un exceso feliz y llevadero. Prevenir, planear, organizar, ahorrar, esperar, callar, leer, aceptar, obedecer, entender… han sido algunas de las exigencias que ha venido a imponer la pandemia no sólo como choque, sino como memorándum a una cultura que si bien es rica en resiliencia, en reciclaje de recursos, en creatividad sin presupuesto, en humor ante lo adverso; también es indisciplinada, poco introspectiva, esclava del estímulo y la urgencia inmediata; improvisada, violenta, ciega de sí… Por esto mismo requiere un memorándum, pues hasta los imaginarios que el mexicano reivindica para explicarse a sí mismo le han traicionado en la pandemia. Por ejemplo, pensemos en el imaginario que, como decía, romantiza la insalubridad como una suerte de “prueba de resistencia” sólo al alcance de los poseedores de esa “inmunidad” excepcional nacida de una vida sometida a la pobreza, a la limitación, a la violencia intrafamiliar, a la misoginia paterna, al machismo materno… En este raro caldo de cultivo, el mexicano construyó una mitología de “resistencia” e “inmunidad”, un relato machistoide donde todo acto de orden, higiene, precaución y hasta de búsqueda de nutrición ha sido relacionado con una suerte de “afeminada precaución”, de cobardía, de fuerza limitada; ¡“puterías”!,  que con los nuevos alcances mediáticos de la microbiología viral, se han revelado menos como atentados a la virilidad, y sí más como precauciones de urgente aplicación.

Otro tanto ocurrió con el famoso imaginario de la “solidaridad mexicana”, que, más que expresarse en la «sociedad civil» de Monsiváis (fenómeno no sólo de tipo moral ni afectivo, sino político), se cristaliza en el dicho popular: “donde comen uno comen dos”, que expresa una supuesta disposición de ceder al «otro» de lo «propio» de manera desinteresada (sin fines de lucro) y autónoma; sin embargo, en la pandemia, tiempo de ceder de lo propio por antonomasia, atestiguamos que del dicho “donde comen uno comen dos” pasamos al de “puto el último” sin ningún tipo de dilación. Ni la «jefesita santa», ni la «abuelita», ni el «tío obeso», ni el «padre diabético» bastaron para que la población etiquetada como «menos vulnerable» prestara atención y tomara precauciones (ya de menos “por si las moscas”); por el contrario, se precipitaron al tren del mame y el fake news, y a repelar un derecho a «seguir con su vida» incluso sin apego a las recomendaciones sanitarias internacionales.

Ahora bien, queda claro que la cuarentena no fue ni será, al menos en latinoamérica, una medida solidaria ni tampoco incluyente; ¡por el contrario, es un privilegio!; pero tampoco podemos decir que fue incluyente el salvajismo libertario del “es mi cuerpo y yo decido si me contagio” (que tampoco alcanzó para ser una consigna libertaria per se ya que, como dice Alberto Benegas Lynch: “el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros” es la condición sine qua non para el ejercicio de la libertad libertaria). [6]

Así pues, y ya con un poco de perspectiva ganada a casi seis meses del inicio de la pandemia en México, ¿cuál podría haber sido un modelo medianamente razonable de confrontación a eta situación? Si me lo preguntan a mi, referiría a la investigadora de Oxford, Sunetra Gupta, quien presentó un modelo alternativo al propuesto por el Imperial College en Londres. Consistía en un cierre corto de actividades a nivel nacional por algunas semanas (solo para poder discernir el escenario y estrategias) y posteriormente mantenerlo activo sólo para la población vulnerable mientras que los otros, los «menos vulnerables», se reintegraban a su vida cotidiana y tomaban el riesgo de infectarse (que no es lo mismo que salir a la calle o regresar a las actividades de antes con normalidad; sino, por el contrario: modificar en su totalidad e inmediatamente los hábitos de higiene y hasta de convivencia social, para disminuir riesgos al máximo) no sólo para evitar la depresión de la economía, sino para activar un proceso efectivo de generación de inmunidad, bajando así, al menos a largo plazo, el nivel de riesgo de contagio, que es el que impide a las poblaciones vulnerables integrarse a las actividades cotidianas , o, en su defecto, hasta la generación de una vacuna[7].

Esta solución, coordinada y sostenida desde meses atrás, posiblemente habría logrado resultados similares a los actualmente obtenidos, pero sin la seria crisis económica que atravesamos; sin embrago, también soy sensato: para que algo así hubiera podido pasar en México, no habría bastado sólo que los medios pusieran en la mira pública la propuesta de Sunetra Gupta en vez de la del Imperial College, ni tampoco que el gobierno de México hubiera sido otro; en realidad, para que una propuesta como esta hubiera podido ser viable habría sido indispensable una población disciplinada, familiarizada con el autocontrol y el manejo de la información; educada en la gestión de emociones y con cultura financiera; una población, en suma, a la altura de los retos que se perfilan para las siguientes décadas pues, contrario a lo que la acelerada relajación que ya puede verse en el gobierno y la población, el problema de fondo no se limita a la COVID-19, sino a la aparición de las pandemias como “nuevo” ámbito de experiencia íntimamente vinculado a nuestra vida como humanos capitalistas.

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En este sentido, me parece relevante el comentario que extendió el filósofo Jean-Luc Nancy a Giorgio Ágamben. En los albores de la pandemia (26 de febrero de 2020), apareció en la página de la editorial italiana Quodlibet, un trabajo del filósofo italiano Giorgio Agámben quien advirtió de la implantación de un  estado de excepción más preocupado por hacer eficientes las medidas de control social, que por combatir una verdadera emergencia sanitaria. Al respecto especulaba:

Se diría que una vez agotado el terrorismo como causa de medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para ampliarlas más allá de todos los límites.[8]

A lo que el filósofo francés  Jean-Luc Nancy le respondió:

Giorgio dice que los gobiernos toman todo tipo de pretextos para establecer estados continuos de excepción. Pero no se da cuenta de que la excepción se convierte, en realidad, en la regla en un mundo en el que las interconexiones técnicas de todas las especies (movimientos, traslados de todo tipo, exposición o difusión de sustancias, etc.) alcanzan una intensidad hasta ahora desconocida y que crece con la población.[9]

Este paso de la «excepción» a la «norma», del que habla Nancy, es precisamente el paso de un «accidente» (imprevisto o calculado) a una «condición de realización» que tendremos que sostener de ahora en adelante para el sostenimiento de mucho nuestro estilo de vida actual. Es decir que, por ejemplo, el uso de mascarillas sanitarias e incluso las políticas de ciber vigilancia de los estado asiáticos, son menos acciones “excepcionales” del poder (como sostendría Agamben) que ejercicios de adaptación para el sostenimiento de un estilo de vida como el que llevamos (me refiero al estilo de vida capitalista). Desde aquí, lo ocurrido en china a finales de 2019 puede ser menos una «efeméride» que un «tejido muestra» de esta situación:

el rápido crecimiento económico en el sur de China ha llevado a un aumento de la población, que a su vez ha provocado una demanda creciente de proteínas animales. Así, grandes cantidades de mamíferos salvajes son vendidos en los mercados para el consumo humano, lo que, unido a las reducidas medidas de bioseguridad en estos lugares, permitieron el salto de este nuevo virus de animales a humanos.

La capacidad de estos virus para transmitirse de persona a persona, la falta de alerta en el control de infecciones hospitalarias y transporte aéreo internacional facilitó la rápida difusión global de la infección.[10]

La demanda de recursos que la población global exige, aunada a la marginalidad de muchas comunidades y mercados hacen que lo ocurrido en china pueda presentarse prácticamente en cualquier parte del globo y en cualquier momento, sentenciándonos de forma perpetua al inminente riesgo de pandemias cada vez más regulares en una línea de tiempo.

Ahora bien, si a esto agregamos hipótesis de estudio como la del «déficit solar», desarrollada por el Dr. Víctor Manuel Velázco, del Instituto de Geofísica de la UNAM, con la que ya pudo anticipar exitosamente la segunda oleada de la COVID-19 en el país y con la que ya ha propuesto una postrera tercera oleada, así como una serie de complicaciones climatológicas y agroalimentarias para las próximas décadas[11]; entonces la experiencia COVID es más un modelo de referencia para el porvenir, que un trago amargo que poco a poco dejamos atrás en nuestro inexorable camino al progreso.

Desde ahí cabe preguntar: ¿realmente el imaginario de realidad y de “mexicano” que nos narramos puede seguir siendo funcional y conveniente para los reveses que la circunstancia humana comienza a imponernos cada vez con más regularidad y violencia? Esto porque la ciudadanía que vimos reflejada en las acciones tomadas contra la COVID-19 es lo que de lejos se podría esperar para futuras adversidades. Conforme avanzamos en este tiempo de pandemia, la caducidad de los imaginarios morales y culturales con los que nos conducimos como sociedad se dejan ver cada vez más caducos. Por ello, ahora que comienza septiembre, mes en el que no sólo se conmemora el aniversario de las dos últimas catástrofes que convocaron a la «sociedad civil» en pro de la comunidad, sino que también las denominadas “fiestas patrias”, me parece relevante ofrecer a los lectores los elementos de esta modesta reflexión como invitación a que ejerciten su propio trabajo de revisión al andamiaje ideológico, imaginario y de hábitos adquiridos que hemos permitido normalizar como parte de nuestro “ser patrio”, para concretar una crítica, no ya sólo de “lo mexicano”, sino de cada uno de nosotros por entre y más allá de lo mexicano, y de frente y más allá de la COVID-19.

 

 

[1] Monsiváis, Carlos.,  No sin nosotros Los días del terremoto 1985-2005, Era, México, 2005, pp. 18-19

[2] Cfr., https://www.investigacionyciencia.es/blogs/medicina-y-biologia/27/posts/en-2007-la-ciencia-predijo-esta-pandemia-nadie-hizo-caso-18485

[3] Cfr., https://www.files.ethz.ch/isn/94769/2008_11_Global_Trends_2025.pdf

[4] Cfr. https://apps.who.int/gpmb/assets/annual_report/GPMB_Annual_Report_Spanish.pdf

[5] Cfr. https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2020/04/25/ante-lo-desconocido-la-pandemia-y-el-sistema-mundo-7878.html#sdfootnote32anc

[6] https://www.youtube.com/watch?v=51S2ZHnrhY0&t=84s

[7] Cfr. https://www.infobae.com/america/mundo/2020/07/04/sunetra-gupta-epidemiologa-de-oxford-la-cuarentena-no-es-una-respuesta-solidaria-porque-hay-muchisima-gente-que-no-puede-sostener-esa-estrategia/

[8] http://revistasantiago.cl/pensamiento/la-epidemia-vista-por-agamben/

[9] https://ficciondelarazon.org/2020/02/28/jean-luc-nancy-excepcion-viral/

[10] https://www.investigacionyciencia.es/blogs/medicina-y-biologia/27/posts/en-2007-la-ciencia-predijo-esta-pandemia-nadie-hizo-caso-18485

[11] https://www.youtube.com/watch?v=uCwBndI0qVE&t=862s

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