Omne

 

El Todo como emanación solar, como unidad inteligible, como esfera perfecta, como totalidad colmada, sigue siendo una figuración regalona y halagüeña con el temor cobarde del hombre a lo Total.

La Cosa Eterna, la que habita en la sombra, la que acecha tras los matorrales, la que espera después de los montes, se mueve, silvestre y ciega, como un animal inmenso y desconocido del que no se adivinan boca ni dientes, cola ni ojos, cuernos ni ombligo… Es sólo un desplazarse trémulo e inextinguible, como el de la vela que prende la casa, como el de la enredadera que asfixia al árbol, como el de la rama que quiebra el ventanal; como el amor que inflama el cuerpo hasta trabarlo en abrazos, erecciones y partos.

Por ello se dice que el arte de la Cosa Eterna es devenir, dilatar, digerir, fundir, como se funde la pata del antílope con la boca serrada del cocodrilo, como la madre se funde en el egoísmo hambriento del hijo, como se funde el conejo con la boa en ese vals de contracciones y jugos gástricos que cierra el pacto de la Totalidad.

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