Gravedad

 

El cielo aristotélico se está desplomando,

sus esferas, perfectas como estrellas inmaculadas, se han raspado, han quedado calizas, agrietadas.

Sólo quedan de los áureos círculos estriadas elipses, ámpulas orbiculares, giros errabundos y cráteres y más cráteres.

Lentamente, lo inmutable comienza a mutar a un mundo de barro y grasa; los flamantes astros se marchitan.

Tolomeo y Sacroboso patean las maquetas y el número ternario;  y acá abajo, en la tierra, los centros se descentran y todo se precipita por una inmisericorde  gravedad que amenaza horizontalmente, a los amantes de lo vertical.

Una madre observa su ombligo lánguido, corrugado y ve con pena que sus senos cuelgan como vísceras de su torso; la juventud la deja.

Los costados de sus ojos, sus manos, sus caderas, ¡Sus generosas caderas! le van avisando que está muriendo.

Esta gravedad es un Hermes de la nada que se hace muerte, tensión centrípeta, clamor de la tierra por sus bienes; paulatino entierro, violencia  que hoy arrastra, sin desprender  del cráneo, todos los gestos.

Los lamentos y las caravanas fúnebres nunca empiezan en los atrios.

¡El cielo aristotélico se está desplomando a diario!

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